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El trigo
de Godofredo Daireaux


Asomaba el sol primaveral, y bajo sus caricias iba madurando el trigal inmenso. Los granos hinchados, gruesos, pesados, apretados en la espiga rellena, hacían inclinar los tallos, débiles para tanta riqueza, y el trigal celebraba en un murmullo suave su naciente prosperidad.

A sus pies, le contestó una vocecita llena de admiración para sus méritos, alabándolos con entusiasmo. Era la oruga que, para probarle su sinceridad, atacaba con buen apetito sus tallos.

Llegó una bandada de palomas, y exclamaron todas: «¡Qué lindo está ese trigo!» y el trigal no podía menos que brindarles un opíparo festín, en pago de su excelente opinión.

Y vinieron también numerosos ratones, mal educados y brutales, pero bastante zalameros para que el trigal no pudiera evitar proporcionarles su parte.

Después vinieron a millares, mixtos graciosos, pero chillones y cargosos, que iban de un lado para otro, probando el grano y dando su apreciación encomiástica.

Y no faltaron gorriones y chingolos que con el pretexto de librar al trigal de sus parásitos, lo iban saqueando.

Y cuando el trigo vio a lo lejos la espesa nube de langosta que lo venía también a felicitar, se apresuró en madurar y en esconder el grano.
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FÁBULA


El mono y la cinta elástica
Godofredo Daireaux

Un mono entró por una ventana abierta en casa ajena y encontró colgada de un clavo una cinta elástica. La tomó de la punta, la estiró, y al soltarla sin pensar, vio que pegaba fuerte en la pared. Le gustó el juego; la estiró más y más, pegando así cada vez más fuerte en la pared.

Entonces pensó en estirarla con toda su fuerza para ver hasta dónde podría alcanzar y quién sería más fuerte, si él o la cinta. Estiró, estiró; la cinta se iba poniendo larga y más larga, pero se adelgazaba y también empezaba a resistir. El mono tiraba siempre, pero algo como un recelo íntimo le aconsejaba la prudencia, y parecía decirle no abusar, no tirar hasta el último límite. La cinta ya casi no daba; el mono se sentía a la vez, y no sin cierto deleite, tentado de seguir y con cuidado; daba tirones todavía, pero pequeños, y el instintivo temor de algo que, sin que supiera bien qué, le parecía poder ocurrir, exacerbaba su gozo.

Al fin, y cediendo a ganas casi enfermizas de tentar la suerte, dio una sacudida más y ¡zas! recibió en un ojo, con una fuerza bárbara, el clavo sacado de la pared por la cinta elástica.

Quedó tuerto, pero un poco más juicioso... dicen. ¿Quién sabe?
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DOS LECTURAS. CAPRICHO Y FÁBULA.


El burro
de Godofredo Daireaux

El burro había nacido bueno, alegre, sumiso, lleno de buena voluntad. Era feo, es cierto, pero se reía con tan buena gana, que a pesar de su voz horrenda, su rebuzno parecía canto. Se burlaban de él y de su facha: él sacudía las orejas y se reía, bonachón.
Pero, porque era bueno, empezaron a abusar de él. Era fuerte, por ser tan chico, lo cargaron demasiado; era sobrio, casi no le dieron de comer; era resistente, le hicieron trabajar más de lo que era posible. Y cuando ya no daba más, lo empezaron a maltratar.
Se le avinagró el genio; sus orejas no se movían ya risueñas, sino que las echaba para atrás, enojado, enseñando los dientes y aprontaba las patas.
Y el amo, desconfiando, a pesar de tener en la mano el palo amenazador, decía: «¡Qué malo es el burro!».


COLMENA

Foto de Internet

Los zánganos en la colmena

Las abejas, un día, creyeron que andaría mejor el gobierno de la colmena si estableciesen impuestos para costear los servicios públicos. Viendo que los zánganos andaban ociosos, les ofrecieron encargarles la cobranza, lo que éstos aceptaron gustosos, ya que era trabajo liviano y bien remunerado.
Pero, poco a poco, indujeron éstos a las abejas a aumentar el número de los cobradores, consiguiendo así colocar a una cantidad tan considerable de sus amigos, que hubo que aumentar los mismos impuestos para pagarles, y que toda la miel de la colmena amenazaba ser poca para tanta gente.
Las abejas se dieron cuenta del peligro y decretaron la inmediata expulsión de los zánganos. Hubo llantos, y los zánganos preguntaron llorosos a las abejas qué iba a ser de ellos, una vez en la calle, y las abejas les contestaron: «¡Que hagan miel, pues, ustedes también!».
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FÁBULA

Mucho ruido, pocas nueces
de Godofredo Daireaux



Acordándose de su grandeza pasada, cuando eran gliptodontes, las mulitas, peludos y matacos, indignados de que ya todos los despreciaran, convinieron en formar un gran partido, que minando por la base el edificio político, acabaría por derrumbarlo.

De construir otro no hablaron todavía, pensando que destruir ya era mucha ocupación, y empezaron a cavar tantos pozos, que no pudo menos el gobierno que fijar en ellos su atención.

El programa de los revolucionarios era muy sencillo y claramente anunciaba su intención: voltear al gobierno y ponerse en su lugar. Reformarían entonces las leyes, dando al país otros rumbos, naturalmente mucho mejores, y más dignos de sus grandes destinos, y de ese noble ejemplo nacerían reformas tan profundas que renovarían, no sólo al país, sino a muchos otros, a la humanidad entera, abriendo a la civilización otros horizontes, nuevos, inmensos.

El gobierno pensó que, en presencia de un movimiento de tan amplias proyecciones, debía tomar medidas inmediatas, enérgicas y adecuadas. No vaciló: nombró al peludo más comprometido en el movimiento revolucionario, comisario en un pueblito de doscientas almas, con condición expresa de que primero se empeñara en calmar los ánimos, lo que hizo en seguida con espléndido resultado.


http://es.wikisource.org/wiki/Mucho_ruido,_pocas_nueces

FÁBULA



El carnero filósofo

Godofredo Daireaux

Un carnero, viendo cuánto bien producía a la gente ovejuna su modo de vivir en sociedad, quiso generalizar el sistema y reformar en ese sentido las costumbres de todos los animales. Trató, por una propaganda incansable, de juntarlos en una sola familia, demostrándoles que para todos sería de gran provecho.

Empezó por querer asociar a todos los pájaros con las aves; pero pronto vio cuán difícil le sería casar al avestruz con la gallina.

Y cuando trató de juntar a los cuadrúpedos entre sí, y a éstos con la gente que vuela, fue peor; pues cada uno tenía sus costumbres y sus mañas, andando ligero unos y otros despacio; volando, caminando o nadando; comiendo carne o comiendo pasto; éstos bien vestidos, aquéllos desnudos; unos con dos patas, otros con cuatro; acostumbrados algunos a no llevar cola, y muchos queriéndola conservar; los pájaros queriendo imponer la pluma a todos, y los cuadrúpedos el pelo.

Hasta hubo grandes riñas, por haber nacido vivos, fuertes y bien parecidos unos cuantos, y no querer ellos volverse tontos, débiles y feos, para hacerles el gusto a los demás.

Renunció el carnero a poner en práctica su teoría, y se conformó con haber agregado uno más a los sistemas filosóficos ya fracasados o por fracasar.





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